viernes, 16 de diciembre de 2011

Imprudencia versus prevención.


¿Cuántas personas fallecieron por imprudencia el año pasado, cuántas van en el presente semestre? ¿Decenas, centenas?, ¿cuántas familias se vieron afectadas por lo anterior? Cualquier factor de multiplicación por 3, 4 o 5 nos dará la respuesta. Motivos, ya mencionamos una; la imprudencia ¿definición? “Negligencia que puede acarrear peligro o daño a otras personas y que a su vez puede considerarse falta o delito, dependiendo del resultado que produzca”   Resulta claro que la muerte es un hecho innegable que viene acompañado de una realidad dolorosa para las personas más allegadas de su entorno, poco superable de entender más cuando la vida se trunca para alguien que ha gozado de una perfecta salud y de pronto deja de existir físicamente.  

La problemática de la columna de hoy gira a partir del hecho que conllevó a la muerte de la persona, que duele no lo niego, pero que pudiéramos contrarrestar si fuésemos más cuidadosos, más conservadores.  Cuántas personas estarían aún a nuestro lado, sonriendo, compartiendo, laborando, si hubiesen sido prudentes en cruzar una calle, no deteniéndose en el centro de la avenida, sobre la línea amarilla, como artista de circo que camina sobre una cuerda a varios metros de altura; que decir de los transeúntes  que suelen trasladarse a espaldas del tránsito (es algo así como ir en contra de las manecillas del reloj) donde inexplicablemente existe acera en el lado contrario donde les correspondería circular, si realmente quieren preservar sus vidas. No puedo omitir la proliferación de personas que se buscan el sustento en los semáforos – dura manifestación de la pobreza – unas con pequeños a cuestas, los limpiadores de vidrio los cuales se molestan en ocasiones cuando le niegas casi rogándole, que no lo deseas; los payasos o malabaristas que sin serlo juegan con fuego a expensas de quemarse o quemar, donde todos centrados en ganarse unos pesos desafían vehículos, cuyos conductores no en todas las ocasiones son debidamente responsables. ¿Resultados probables? Unos que fallecen, otros que van a la cárcel, unos que salen con sentimiento de culpa, otros que no salen a ninguna parte.  

No cabe duda que un factor que puede incidir en que se eviten muertes por imprudencia lo es la educación vial, para peatones y conductores, sin embargo las cifras contradicen los esfuerzos que suelen realizarse por las instituciones y determinadas organizaciones no gubernamentales, que aún es insuficiente. Se insiste, no necesariamente de la mejor forma, a través de los medios televisivos de la elevada cantidad de accidentes diariamente, pero los hechos continúan.  ¿A qué se deberá?, ¿pensará acaso el posible victimario o víctima,  que lo que se ve a él o ella no le sucederá, sino que le sucede a otros de otro planeta, ya que ellos son ases tras el timón, o que siempre el peatón tiene la razón? ¿A qué se deberá realmente estas situaciones? Me inclino a la  ausencia –aunque no total - de una falta de educación haciendo énfasis en el fortalecimiento de una cultura de prevención y no dejando que lo que suceda pueda haberse producido porque así estaba escrito. ¿Estás de acuerdo conmigo? Espero tus comentarios.


Mirar hacia atrás.


Hay momentos en la vida en que solemos hacer un alto para reflexionar, si lo que vas a hacer o has hecho ha sido productivo, si la experiencia cumplió sus objetivos o no (hay trabajos, acciones que se realizan – unas planificadas, otras no - y que posteriormente se engavetan a pesar del tiempo utilizado, las neuronas gastadas, para lo cual fue solicitado, aunque queda la experiencia que es la parte positiva), si los consejos que diste a tus hijos, hermanos, familiares, amigos fueron válidos o equivocados, etc. Uno de estos altos, suele ser en el momento en que cumples un año más de vida, dentro del regocijo de los que comparten contigo tu celebración estando cerca o virtualmente.

¿Has hecho bien, has hecho mal, te has equivocado alguna vez? Cualquier respuesta a las preguntas antes mencionada, difícilmente alguna resulte excluyente de la otra. Queda claro que a lo largo de la vida, niños, adolescentes, jóvenes, adultos, rondando la tercera edad, o adulto mayor (por lo visto en estas últimas clasificaciones hay un rechazo a exclamar ¡Viejo!, aunque sea en señal de cariño), podemos equivocarnos, de lo cual se extraen las mejores experiencias si es que no desea volver a “tropezarse”. 

Que si uno es exigente, cuando debiéramos ser más tolerantes; que si aburrimos hasta la saciedad, cuando señalamos: “… todo lo que puedas esforzarte ahorita en el estudio, será para tu propio beneficio futuro”. Por otra parte, si mucho molestamos, cuando indicamos que no nos toquen nuestras cosas y que deben estar donde las dejamos. Es posible que cuando las canas aparecen - las cuales en algunos casos dependiendo del sexo, en ocasiones no, suelen  ser escondidas –, producto que el mecanismo biológico encargado de pigmentar la cabellera deja de funcionar y, con él, desaparece el tinte natural del pelo, señal de estar a las puertas de la “entrada” en años, nos volvemos algunos más que otros huraños, que decir de las abuelas y abuelas, que suelen dar sus opiniones prácticamente en todo aunque según cuentan los nietos y nietas, sean necesariamente escuchados, y no toco el tema de las suegras porque “ardería Troya”, además de no tener nada contra ellas (y sino cada una de ellas, pregúntenle a su yerno o nuera) 

Es posible y apuesto por un sí, que cuando nos caen los años encima nos cuesta trabajo ceder, tal vez acumulado por la misma experiencia de lo vivido,  en lo personal,  sobre todo cuando pensamos en que porque nuestros padres nos educaron así, y nosotros debemos  repetir exactamente lo mismo, sin tener en cuenta el nuevo entorno, pero además olvidamos  que alguna vez también hicimos cosas por lo que nos llamaron la atención y nuestra aspiración raya en la exageración de la idealidad del valor o valores que queremos que nuestros discípulos adquieran y manifiesten. En el caso de la profesionalidad, que si somos los mejores, ello dependerá del nivel de actualización, de superación según su perfil.  ¿Qué podemos cambiar, ceder terrenos en nuestros criterios? Por supuesto: pregúntele a sus hijos, hijas, esposo o esposa, ah! y a la suegra.

Sin ellas no podemos vivir.

No es un secreto que muchas de las ideas que retomo como inspiración, para escribir suelen surgir en la plática a la hora de almuerzo con mis compañeros y compañeras de trabajo. Al llegar al comedor solemos vernos o encontrarnos los mismos, aunque sean de otras oficinas o áreas de trabajo donde los saludos suelen ser más o menos efusivos dependiendo del nivel de profundidad en cuanto a las relaciones interpersonales. ¿Cómo se sientan los mini colectivos de trabajos? Por áreas, por colectivos con las mismas funciones de trabajo, por cargos o responsabilidades, están los grupos mixtos (personas de todas las áreas, sin distinción de cargos) y no podemos olvidar a los y las que se sientan solos por el hecho que no desean extender su horario de trabajo en el momento del almuerzo y realmente lo que hacen es concentrar su atención en el disfrute placentero de lo que ingieren.


Hay quienes aprovechamos ese momento para sonreír a partir de las anécdotas de unos y otros de lo sucedido el fin de semana anterior o de lo que sucedió en la tarde o noche de ayer al regreso a casa. ¿Qué personajes no pueden estar ausentes en la historia de lo sucedido ayer? Las travesuras de nuestros hijos, las contradicciones con la suegra, no puede faltar la empleada y lo mejor de todo para lo último (así hacemos siempre) ¡el apoyo del esposo a las actividades domésticas, cotidianas! ¿Qué hacemos bien? Por supuesto que ¡nada! Y si lo hacemos, no cumplen con los requisitos mínimos de calidad, muy lejos de las marcas ISO.


Tradicionalmente en la mesa donde me siento al almorzar, predominan las mujeres (nada de sexo débil, si lo piensa está usted totalmente equivocado estimado amigo) en una relación 3 a 1 (75 %) muy similar a la de mi casa, lo que me coloca en total desventaja. Y para muestra un botón: En mi casa (secreto que deja de ser secreto a partir de hoy) y en toda casa suele existir un local donde guardamos lo que poco usamos (los calaches) donde en esta ocasión por una razón u otra, una maleta prestada había quedado fuera por varios días, aspecto que se me había orientado, lean bien ¡orientado! que la misma debía ser ubicada en el lugar que le correspondía, exactamente 5 minutos de partir hacia el trabajo, ya bañado y vestido. Por supuesto la misión era casi imposible de cumplir en ese instante, dada que no estaban las condiciones creadas. “Si, amor en la noche la subo, ahorita se me hace tarde, “lo prometo” fue mi respuesta y ni corto ni perezoso puse los pies en polvorosa. Confieso que la “tarea” no la cumplí en tiempo, pasaron unos días, y una buena mañana “ardió Troya” En ese  momento donde contaba mi versión de esa parte que no pasará a la Historia, mis compañeras de mesa, casi como el mejor coro de Nicaragua, al unísono exclamaron: ¡Totalmente de acuerdo, ustedes son un desastre! “Pero…”, me interrumpieron. No quedo otra opción de quedarme callado. Al llegar a la casa en la noche, la maleta ocupó el lugar que le correspondía. ¡Nada, que no podemos vivir sin ellas! Por cierto, ¿comparte mi opinión?